SEMANARIO

¿Por qué las mujeres deberían luchar por el socialismo?

Por las revistas: Andrea D’Atri

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Ilustración: Clara-Iris Ramos para Catarsi

¿Por qué las mujeres deberían luchar por el socialismo?

Andrea D’Atri

Ideas de Izquierda

Presentamos tres artículos de "De lo personal a lo político", el monográfico N.º 5 de la revista catalana Catarsi del otoño-invierno (septentrional) 2021. Los artículos seleccionados, inéditos en castellano, abordan el debate sobre la perspectiva materialista de la cuestión de género (Laia Jubany), contra el punitivismo dentro de los movimientos sociales transformadores (Laura Macaya Andrés) y sobre la relación entre la lucha por la emancipación de las mujeres y el socialismo (Andrea D’Atri).

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Ponernos de acuerdo sobre las ventajas que ofrecería el socialismo para la vida, el desarrollo y el bienestar de las mujeres puede convertirse en un arduo debate. Pero quizás sea más sencillo coincidir en el diagnóstico de que el capitalismo está conduciendo a la Humanidad y al planeta a la miseria, la destrucción y la barbarie.

Hace apenas quince años, la relación entre la riqueza de los 100 hogares más acaudalados de Estados Unidos y el 90% de los hogares situado por debajo de los más ricos, era de 108.765 a 1. Si comparamos esta diferencia con otros momentos de la Historia, podemos decir que equivale a la diferencia de poder material que existía entre un senador y un esclavo, en el momento de esplendor del Imperio romano. La pandemia que está asolando al mundo desde principios del 2020, no hizo más que aumentar esas contradicciones aberrantes que la mayoría impugna. Amazon es una espeluznante metáfora de lo que decimos: centenares de miles de trabajadoras y trabajadores precarizados -sometidos a extenuantes jornadas, sin derecho a sindicalizarse, sosteniendo sobre sus agotadas espaldas el movimiento de la economía a cambio de magros salarios-, mientras el dueño de la compañía vio engrosar su patrimonio en 72 mil millones de dólares más, en este corto período en el que murieron más de 4,5 millones de personas.

La crisis suscitada por el Covid-19 no hizo más que acelerar tendencias que ya estaban en marcha desde antes. Pero, además, evidenció que las contradicciones capitalistas no son solo económicas, sino también ecológicas y reproductivas: de manera obscena, se desplegó ante los ojos de millones de seres humanos, el funesto axioma capitalista de que las ganancias son más importantes que la vida. En cada crisis capitalista, esa contradicción se hace cada vez más inaceptable. Y por eso, como reconocen distintos analistas, las ideas del socialismo vuelven a recrearse entre las nuevas generaciones, incluso en el mismo corazón de los países imperialistas.

Atadas y bien atadas

En 2019, antes de que el coronavirus se esparciera por el planeta, las mujeres representaban el 50 % de la población mundial en edad de trabajar, aunque representaban solo el 39% del total de la población activa. En casi todos los países del África subsahariana, del sudeste asiático y de América Latina, las mujeres estaban más expuestas que los hombres a incorporarse al mercado laboral bajo condiciones de precarización e informalidad. Más del 21% de las mujeres en edad de trabajar realizan tareas de cuidado sin remuneración, a tiempo completo; algo que solo ocupa al 1,5% de los hombres en las mismas condiciones.

En el mismo año, 13 millones de niñas y adolescentes menores de 20 años fueron madres, pero en 119 países, el acceso al aborto está sujeto a condiciones y solo hay 38 países que prohíben el despido de trabajadoras embarazadas, mientras que en 86 países no se incluyen los períodos de ausencia destinados al cuidado de hijas e hijos en la pensión de jubilación. El 52% de las personas de más de 15 años que vivían con VIH en 2018, eran mujeres y esa es una proporción que no deja de aumentar desde 1990, cuando representaban menos de la mitad.

Con la pandemia, las brechas de género preexistentes no hicieron más que acentuarse. A principios de este año, el Foro de Davos calculó que se necesitarán más de 135 años para eliminar las desigualdades de género en el mundo: unos 36 años más que lo que habían estimado en 2020. Las decisiones tomadas por los gobiernos para afrontar la pandemia de Covid-19 consiguieron retrasar a una generación más lo que, en sus propios términos, consideran la meta de la igualdad de género.

Lo verdaderamente utópico es pensar que, más tarde o más temprano, esta brecha se reduciría con solo dejar que el sistema capitalista siga el libre curso de su funcionamiento o, en una versión más progresista, con que los movimientos sociales se manifiesten y los sectores políticos democráticos legislen en un sentido que acorte esa distancia entre los géneros. Hoy, en Estados Unidos, las mujeres están enfrentado el retroceso del derecho al aborto en Texas; de la misma manera que se han visto idas y vueltas en el Estado español a lo largo de los últimos años. En Suiza se aprueba el matrimonio igualitario y en Afganistán, las mujeres vuelven a tener que cubrirse todo el cuerpo para salir a la calle. El capitalismo no se encuentra en un momento de desarrollo, sino de supervivencia a fuerza de crisis recurrentes, para cuya recuperación es necesario dejar un tendal de destrucción de fuerzas productivas en el camino. Y aún si pudiera imaginarse, fantasiosamente, que la utopía neoliberal pudiera prosperar ¿lo haría en cuáles países y a costa de quiénes? Las cadenas globales de cuidados están allí para mostrarnos la respuesta. Cuando en los países más desarrollados, las mujeres consiguen igualar a los hombres en sus carreras laborales o académicas es, en gran medida, porque el trabajo gratuito de reproducción de su fuerza laboral ha sido tercerizado en otra mujer pobre, inmigrante y racializada.

No hay leyes ni aumentos del producto interno bruto que modifiquen esta situación. Es uno de los nudos más apretados que ha creado el capitalismo y uno de los que es imposible desatar dentro del sistema.

Trabajo gratuito y más trabajo gratuito

El trabajo doméstico no está controlado, de manera directa, por los capitalistas. Sin embargo, los capitalistas se benefician de mantener una gran parte del trabajo reproductivo de la fuerza de trabajo, en la esfera privada. De ese modo, el salario no necesita cubrir todos los costos de reproducción del trabajador o la trabajadora asalariados, porque una parte de esas tareas la cubren los propios asalariados, en sus hogares, sin recibir remuneración alguna a cambio. Claro está que, en su inmensa mayoría, quienes realizan ese trabajo -tengan o no, además, un trabajo asalariado- son mujeres. Dicho en otros términos, el trabajo de reproducción no remunerado, que mayoritariamente realizan las mujeres en sus hogares, aumenta indirectamente la masa de plusvalía que el capitalista extrae de la explotación de la fuerza de trabajo asalariada.

Por lo tanto, aunque la opresión de las mujeres hunde sus raíces en el surgimiento de las sociedades divididas en clases de la Antigüedad, el capitalismo reformula esta subordinación haciéndola funcional al fortalecimiento del mecanismo de extracción de plusvalía. Fetichiza la producción de mercancías, oscureciendo la existencia del plustrabajo mediante el pago de un salario. Y, al mismo tiempo, mantiene disociado del ámbito de la producción, el "componente doméstico" del trabajo necesario para la reproducción de esa mercancía tan especial que es la fuerza de trabajo. Por eso, varias autoras feministas marxistas consideran que el trabajo doméstico, el trabajo gratuito de reproducción social o lo que también se denomina en un sentido amplio trabajo de cuidados es, tal como existe para las amplias masas, un auténtico producto de la sociedad capitalista.

Sostener esta descomunal desigualdad necesita de una gran fuerza de presión ideológica que permita que los individuos asuman la norma como deseo propio. En otras palabras, que hombres y mujeres terminen creyendo que aquello que hacen ellas, mayoritariamente, no es trabajo impago, sino amor. Por eso, el amor romántico -entre otras cosas- es también un invento del capitalismo.

El capitalismo que fue capaz de desentrañar los misterios de la naturaleza y el cosmos, no puede liquidar cabalmente los prejuicios, mandatos y estereotipos que establecen qué es una mujer, cómo debe ser una buena mujer, cuáles son sus derechos y obligaciones, cuáles deberían ser sus anhelos y comportamientos. Porque en el mantenimiento de ese "oscurantismo de género", radica gran parte de la justificación ideológica de que ese trabajo no pago es amor y le corresponde a las mujeres. Aquella que desafíe, en algún punto, estos profundos y ancestrales preconceptos estatuidos sobre su género, es pasible de ser violentada mediante la burla, el desprecio, la humillación, la coerción económica o judicial, los golpes o el femicidio.

Por eso, reiteramos, no hay políticas sociales de desarrollo, ni extraordinaria prosperidad económica ni maravillosa legislación con perspectiva de género que, en cualquier democracia capitalista -incluso las de los países más avanzados- pueda eliminar por completo la opresión de las mujeres, conquistar su emancipación, ni siquiera, conseguir la plena igualdad con los hombres.

Parafraseando a Marx y Engels, llamamos socialismo al "movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual". Y llamo "este estado de cosas" a que una pequeña minoría se enriquezca obscenamente, incluso en medio de una pandemia, a expensas del trabajo cada vez más precario de las grandes mayorías, cuya reproducción como fuerza de trabajo depende inexorablemente del trabajo no remunerado de las mujeres.

Liberar al tiempo del reloj capitalista

El capitalismo, acicateado por su impulso inherente a la competencia, disminuye aceleradamente el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de las mercancías. Más productos en menos tiempo es productos más baratos y mayor consumo. Para los capitalistas, más y mayores ganancias. Para la mayoría de las trabajadoras y trabajadores, un robo cada vez mayor: en el mismo tiempo en que antes se hacía una mercancía equis, ahora se producen cien, mientras quien la produce recibe el mismo salario. Porque no se le paga por lo que produce; se alquila su fuerza de trabajo por determinado lapso de tiempo. El capitalista necesita de la superexplotación de un sector de la clase trabajadora con altos ritmos de producción, horas extras y jornadas extenuantes en un extremo, mientras una gran masa de trabajadoras y trabajadores se mantengan en el paro o en trabajos ultraprecarios para presionar a la baja los salarios de los ocupados.

Pero los desarrollos de la ciencia y la tecnología que permiten alcanzar un nivel tan alto de productividad del trabajo, podrían permitir también reducir enormemente el tiempo de ese trabajo empleado en la producción y reproducción de las condiciones materiales de existencia de la sociedad. Eso proponemos los socialistas: reducir al mínimo el trabajo necesario para que todas las personas podamos desplegar nuestras capacidades humanas en el arte, la ciencia, el deporte, los vínculos y el cuidado de las otras, los otros, el planeta. Trabajaríamos todas y todos y lo haríamos en un tiempo muchísimo más reducido que el que empleamos actualmente para ganar nuestro salario. Claro está, eso atenta contra las ganancias de los capitalistas que nos obligarán a enfrentar su resistencia a que les quiten sus privilegios (léase, enfrentar sus leyes, su justicia, su policía, sus ejércitos, pero también la división que impondrán en nuestras filas mediante las religiones, el racismo, la xenofobia y la misoginia). Nada nuevo bajo el sol: el socialismo es ese movimiento real que se expresa, en germen, en la lucha constante de la clase trabajadora por liberarse del yugo de la explotación, desde las horas robadas al patrón con un día de ausencia justificado hasta la lucha histórica por reducir la jornada laboral a ocho horas, desde conquistar las vacaciones pagas y la organización de sindicatos hasta establecer el control obrero de la producción. Un movimiento de esclavas y esclavos insurrectos.

La revolución es permanente o no es

El derrocamiento del capitalismo y la construcción de los cimientos de una nueva sociedad socialista, ¿serán suficientes para acabar con la opresión femenina? No, pero son un paso necesario.

Señalamos anteriormente que todos los prejuicios, mandatos y estereotipos de género que se reproducen para sostener la discriminación de las mujeres hunden su raíz en las condiciones materiales de la reproducción y producción social capitalista. Sin embargo, es más fácil tomar el poder que disolver un prejuicio. Y es lógico que estos persistan aún cuando las condiciones materiales que posibilitaron su existencia hayan sido modificadas profundamente. Por eso, la emancipación femenina no es aquella consecuencia automática que debería esperarse que sobrevendrá con el mero asalto "a los palacios de invierno" y la socialización de los medios de producción, como nos han repetido los "camaradas" estalinistas y otros que han tergiversado al marxismo en una caricatura economicista miserable.

Pero la socialización del trabajo doméstico y de cuidados, mediante la construcción de viviendas comunitarias y otros establecimientos (restaurantes, lavanderías, escuelas, jardines maternales, hogares de ancianos, atención domiciliaria) y espacios recreativos (parques, campos deportivos, clubes, centros culturales), sacándolo del ámbito privado del hogar, convirtiéndose en un trabajo ejercido tanto por hombres y mujeres asalariados, es una base necesaria para empezar a eliminar la "esclavitud doméstica" que, en los hechos, impide a las mujeres ejercer y disfrutar en igualdad de condiciones con los hombres de sus derechos "igualitarios" -allí donde los haya conquistado-.

Las próximas generaciones, liberadas de esa doble jornada no remunerada y habiendo conquistado la reducción al mínimo de su tiempo de trabajo, irán disolviendo los prejuicios machistas y encontrarán nuevas definiciones para el amor, que no estén atadas al sacrificio silencioso, la labor invisible y la entrega incondicional.

No prometemos que el socialismo será el paraíso inmediato para las mujeres. Pero ¡qué cierto es que la lucha por una sociedad sin explotación del trabajo humano para el beneficio de una minoría parasitaria, que acarrea la subordinación de las mujeres en el invisible y gratuito trabajo cotidiano de reproducir esa inmensa fuerza de trabajo, es la única lucha que hace mas vivibles nuestras vidas! ¿Ser parte de este estado de cosas o ser parte del "movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual"? Elige.


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Andrea D’Atri

@andreadatri
Nació en Buenos Aires. Se especializó en Estudios de la Mujer, dedicándose a la docencia, la investigación y la comunicación. Es dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Con una reconocida militancia en el movimiento de mujeres, en 2003 fundó la agrupación Pan y Rosas de Argentina, que también tiene presencia en Chile, Brasil, México, Bolivia, Uruguay, Perú, Costa Rica, Venezuela, EE.UU., Estado Español, Francia, Alemania e Italia. Ha dictado conferencias y seminarios en América Latina y Europa. Es autora de Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo (2004), publicado en Buenos Aires y reeditado en San Pablo, Caracas, Barcelona, México, Roma, Berlín y París y compiladora de Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006), reeditado en San Pablo, Caracas y Barcelona.