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La Izquierda Diario
18 de junio de 2021 Faceboock

A 150 AÑOS DE LA COMUNA
Louise Michel, heroína roja en las barricadas de la Comuna
Josefina L. Martínez | @josefinamar14

Ilustración: Montse Urquiza en el libro Revolucionarias.

La madrugada del 18 de marzo, las mujeres de los barrios bajos de París inician una rebelión popular que termina con la derrota de las tropas oficiales francesas y dará paso, poco después, a La Comuna de París. Louise Michel fue protagonista de esos combates.

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“Cuando la multitud hoy muda
Ruja como el océano
Y a morir esté dispuesta
La Comuna resurgirá
Volveremos multitud sin número
Vendremos por todos los caminos
Espectros vengadores surgiendo de las sombras
Vendremos estrechándonos las manos
La muerte llevará el estandarte
La bandera negra velo de sangre
Y púrpura florecerá bajo el cielo llameante.”
Louise Michel, «Canción de las prisiones»

Durante la última semana de mayo de 1871, el ejército de Versalles —la burguesía francesa aliada con los prusianos— avanza contra la Comuna obrera de París. El 21 de mayo por la noche las tropas descargan fuego de ametralladoras. Con la orden dada de no tomar prisioneros, provocan una verdadera masacre. Los defensores de la Comuna están atrapados entre las tropas francesas y los prusianos, que ocupan las afueras de la ciudad.

En el cementerio de Montmartre, el corazón de la Comuna, una mujer calzada con botas de soldado dispara su fusil. La metralla sostenida que retumba sobre su cabeza le hace pensar en un océano descargando su furia desde el cielo. Los obuses hacen temblar la tierra y las flores de las tumbas vuelan por el aire. Louise Michel se escabulle por un agujero de la tapia, para volver enseguida con refuerzos. De los cincuenta hombres que la acompañan, pronto quedará solo la mitad; poco después, quince; finalmente, solo tres siguen defendiendo la barricada sobre la calle Clignancourt.

París arde en llamas la noche del 24 de mayo. Los fuegos pueden verse desde lejos: la calle Royale, Rivoli, las Tullerías, el Hôtel-de-Ville, el teatro lírico y la rive gauche destacan por el rojo crepitar sobre el cielo negro. Si la Comuna no va a sobrevivir, no se entregará sin luchar. Louise Michel siente que el tiempo es flexible. “Todo lo ocurrido se acumula, como si en esos días hubiéramos vivido mil años”.
Según fuentes históricas, más de veinte mil personas fueron asesinadas esa semana sangrienta cuando la represión contra la Comuna asoló las calles de París. En el muro del cementerio del Père-Lachaise, que hoy se conoce como el Muro de los comuneros, cientos de luchadores fueron fusilados. Otros miles, deportados y exiliados; entre ellos, Louise Michel.

Ella representa el espíritu de una revolución en la que las mujeres no solo conquistaron el derecho a la educación, al divorcio y al trabajo, sino también a combatir codo a codo con los hombres por un gobierno del pueblo.
Retrocedamos. A los 20 años Louise Michel se titula como maestra, pero se niega a jurar fidelidad a Napoleón III y por lo tanto no puede ejercer en la educación pública. Su pasión por la enseñanza la vuelca a las escuelas libres que abre en varias poblaciones de Francia entre 1852 y 1855. Propone un modelo de educación no jerárquica, donde se estimule a las mujeres a participar en los debates en clase, combinando la lectura con la dramatización teatral para evitar la repetición memorística. Introduce valores republicanos y racionalistas en los programas de estudio, lo que no siempre es bien recibido por los padres de sus alumnos.

Cuando se instala en París se involucra en el ambiente de los reformadores sociales, los militantes socialistas y los artistas libertarios. Colabora en periódicos radicales con textos y poesías. No se imagina entonces que pasará a la historia como la Virgen Roja de la Comuna de París.

El cielo por asalto: nace la Comuna

Las condiciones para el surgimiento de la Comuna se prepararon bajo el Imperio de Luis Napoleón III, período en que la burguesía industrial y financiera aumenta sus beneficios mientras los salarios quedan rezagados. La ciudad cambia y se reinventa con las reformas urbanísticas del barón Haussman: grandes avenidas para permitir el traslado rápido de tropas y dificultar las barricadas, nuevos monumentos y comercios. El poeta Baudelaire retrata el sentimiento de soledad del hombre burgués que se pasea por la ciudad, perdido entre la multitud, en aquella capital del siglo XIX. Pero más allá de las vitrinas iluminadas están los barrios pobres, donde se agolpa la población obrera. Una nueva clase trabajadora, ocupada en establecimientos medianos y pequeños, la construcción, los ferrocarriles, y las tareas domésticas, convive con artesanos y pobres sin empleo. Entre los descontentos ganan influencia grupos socialistas y anarquistas, seguidores de Proudhon, Auguste Blanqui y la Asociación Internacional de los Trabajadores –que había sido fundada en 1864 en Londres y cuyos estatutos redactó Marx–.

En julio de 1870 se desata la guerra que enfrenta a las tropas de Napoleón III con la Prusia de Bismarck. Lo que comenzó como una ofensiva del ejército francés, se convierte en la ruina del Imperio. Los prusianos avanzan sobre Francia ganando batalla tras batalla. El 2 de septiembre, la derrota de Sedán termina con la rendición de Napoleón ante el Rey de Prusia y el grueso de su ejército es tomado prisionero. Las noticias del desastre encienden la cólera en París, donde hacía meses que la población soportaba con enormes sacrificios las ansias guerreras del emperador. Dos días después, mediante un levantamiento popular, se proclama la República y se forma un gobierno de "defensa nacional"; miles de trabajadores se alistan voluntariamente en la Guardia Nacional. El Comité de los Distritos de la Guardia Nacional funcionaba como un poder paralelo que representaba al pueblo plebeyo de París. Exigían armamento, pero el Gobierno se negaba: antes entregar París al enemigo que armar al pueblo.

El 28 de enero el gobierno republicano firma un armisticio, mediante el cual se compromete a dejar entrar a los prusianos en la ciudad. La capitulación es recibida con estupor y furia por la población trabajadora, que no piensa dejarse arrebatar los doscientos cañones y ametralladoras; estos son trasladados al estratégico punto alto de la loma de Montmartre. El Gobierno de la burguesía encabezado por Thiers abandona París y se traslada a Versalles, desde donde conspira con los prusianos para desarmar a los obreros. Una noche, finalmente, el ejército francés avanza para intentar retomar el control de los cañones, algo imprescindible para dejar indefensa la ciudad.

La madrugada del 18 de marzo, las mujeres de los barrios bajos de París inician una rebelión popular, que termina con la derrota de las tropas oficiales francesas. Muchos años después Louise Michel recordará los detalles de aquel día. Ella bajaba la colina con su carabina al hombro, corriendo con un grupo de combatientes que pensaban morir en ese mismo instante si era necesario. Si ellos caían, París se levantaría, pensaban. De pronto Louise Michel ve a su madre a tan solo unos metros: una multitud de mujeres se interpone entre ellos y los soldados. Esa multitud se tira sobre los cañones y rodea a los militares, los empujan, les quitan las ametralladoras. “¡No disparéis al pueblo!” gritan, y su voz es escuchada: el grueso de las tropas se amotina. Los soldados no disparan: la revolución es un hecho.

Un autor anónimo describió la escena como una marea humana imparable que arrasó todo a su paso, las mujeres y los niños trepando las colinas como la espuma de una ola marina, una corriente poderosa fluyendo sobre los carros del ejército, un flujo incontenible que sobrepasó a los soldados inmóviles. Las mujeres cortaron las cuerdas que ataban los cañones a los caballos y los recuperaron, seguidas por la Guardia Nacional. El enfrentamiento con los soldados, que también pasaban frío y hambre, se transformó en confraternización. El pueblo de Montmartre había ganado.
La insurrección de marzo da paso a la organización. A través del sufragio universal, la población elige diputados en cada distrito y se proclama la Comuna el 28 de marzo de 1871. Socialistas, proudhonianos, blanquistas, republicanos “jacobinos” e internacionalistas afines a Marx forman parte de su Consejo General. La Comuna reemplaza al ejército y la policía tradicional por comités de vigilancia populares, que van armados, y establece el principio de revocabilidad de los cargos electos.

Además, se establece que dichos cargos ganen el mismo salario que un obrero para evitar la formación de una burocracia política con intereses alejados del conjunto de la población. Otras medidas democráticas que tomarán son la separación de la Iglesia del Estado, la expropiación de los bienes eclesiásticos, y la formación de una cámara única, legislativa y ejecutiva a la vez. Los jueces serán elegidos por sufragio universal y revocables por sus electores. Las medidas sociales de la Comuna incluyen la abolición del trabajo nocturno y la entrega de las fábricas y talleres abandonados a cooperativas obreras para que las pongan a producir al servicio de la ciudad.

Las mujeres incendiarias de la Comuna

Como ya había ocurrido durante la Revolución francesa de 1789, las mujeres participaron activamente de la rebelión parisina. La mayoría de ellas cocinaron, transportaron agua y brindaron asistencia de primeros auxilios para los batallones de la Guardia Nacional. Esposas, hermanas y viudas llevaban alimentos a los que defendían las murallas de la ciudad. [1] Las mujeres formaron asociaciones como el Comité de Vigilancia de las Ciudadanas y la Unión de Mujeres para la Defensa de París. Según Louise Michel, más de 10.000 mujeres “diseminadas o juntas, combatieron por la libertad en los días de mayo”.

“Con la bandera roja al frente habían pasado las mujeres; tenían su barricada en la plaza Blanche. Estaban allí Elisabeth Dmitrieff, la señora Lemel, Malvina Poulain, Blanche Lefebvre, Excoffons. André Leo estaba en las de Batignolles.” [2]
En la plaza Blanche, se mantiene hasta los últimos días una barricada defendida exclusivamente por un batallón de ciento veinte mujeres. En el bulevar Sébastopol las comuneras trabajan llenando sacos de tierra y cestas de mimbre para las barricadas. Los enemigos de la Comuna las apodan despectivamente petroleuses (incendiarias). Cada mujer que atraviesa las calles con ropa humilde y un cacharro entre las manos es sospechosa de querer incendiar París.

En Francia regía en aquellos años el Código Napoleónico, que imponía a las mujeres la condición de menores de edad, sometidas al padre o al marido, sin acceso a ninguna actividad independiente, sin derecho al voto ni al divorcio. Las mujeres obreras se veían sometidas a una doble explotación y opresión y la Comuna de Paris representaba la esperanza de un mundo nuevo.

La Unión de las Mujeres liderada por Elisabeth Dmitrieff —integrante de la Asociación Internacional de Trabajadores y amiga de la familia Marx—, se reunió por primera vez el 11 de abril en el Gran Café de Nation. Desde allí lanzaron un llamado a todas las mujeres de París para elegir delegadas y formar comités por distrito. Los comités recaudaban dinero y promovían que las mujeres tomaran las armas si era necesario. Los primeros días de mayo, apareció un manifiesto pegado en las paredes: "Las mujeres de París probarán a Francia y al mundo entero que, en el momento de supremo peligro en las barricadas y en las murallas, si las fuerzas reaccionarias fuerzan su entrada, ellas sabrán, como sus hermanos, entregar su sangre y su vida por la defensa y el triunfo de la Comuna, es decir, del pueblo".

El Comité de Vigilancia de Montmartre contaba con una sección femenina, presidida por Louise Michel, que impulsaba el reclutamiento de enfermeras y organizaba la entrega de ayudas a las viudas, además de participar directamente en los combates. En aquellos días de insurgencia, las organizaciones de las mujeres levantaron reivindicaciones que se van a convertir en un referente en todo el mundo: igualdad salarial, derecho al divorcio, educación para las mujeres y separación de la Iglesia y Estado. También exigieron acabar con la división entre hijos "legítimos" e "ilegítimos", y propusieron una pensión para las viudas de soldados de la Guardia Nacional, aunque no hubieran estado casadas legalmente.

Las mujeres de la Comuna demandaron medidas concretas que les permitieran incorporarse masivamente al trabajo productivo, reactivando las fábricas abandonadas: “La Unión de Mujeres exige a la Comisión de Trabajo y Comercio de la Comuna, organizar y repartir nuevamente el trabajo de la mujer en París y encomendar al Comité Central el armamento militar. Sin embargo, ya que este trabajo no alcanza para la masa de trabajadoras, el Comité Central exige además otorgar a las Asociaciones Productivas la suma de dinero necesaria para reactivar las fábricas y talleres que los burgueses dejaron y que abarcan ocupaciones esencialmente llevadas a cabo por mujeres”. A fines de mayo se estableció la igualdad salarial de mujeres y hombres, pero ni esta ni otras medidas revolucionarias pudo ser aplicada: al día siguiente entraban a París las tropas de Versalles para aplastar la Comuna.

La actitud de las mujeres comuneras escandalizaba a los reaccionarios en todo el mundo. Un corresponsal de The Times, escribía: “Las representantes del sexo débil se comportaron escandalosamente durante estos días deplorables... Las que se entregaron a la Comuna —y había muchas— tenían una sola ambición: elevarse por encima del nivel del hombre exagerando sus vicios... Durante los últimos días, todas estas belicosas vírgenes resistieron más tiempo que los hombres detrás de las barricadas.” El articulista terminaba, muy preocupado: “Si la nación francesa se compusiera solo de mujeres, qué terrible nación sería”.

El escritor Alejandro Dumas (hijo), autor de La Dama de las Camelias, fue uno de los artistas reaccionarios que escupieron veneno sobre las comuneras: "No diremos nada de sus hembras por respeto a las mujeres, a quienes se parecen cuando están muertas". [3] Pero mientras estos escritores conservadores atacaban con odio la Comuna, otros como Paul Verlaine, Arthur Rimbaud y Eugène Pottier (el autor de las estrofas de «La Internacional») la defendían. Este último, escribirá desde el exilio un poema: “¿Comuna, dónde estás pues, tú que te habías alzado / Para derribar al monstruo? / ¿Dónde están tus defensores? / ¿Dónde tu bandera roja y la llama de los corazones? / ¿Reanudarás pronto tu trabajo inacabado? / Su programa era el vuestro, obreros / Restituir este globo a las manos laboriosas”.

El socialista Prosper-Olivier Lissagaray, un excomunero exiliado en Londres, fue el primero en escribir una historia de la Comuna de Paris, con la ayuda de Eleanor Marx para su edición y publicación. Describe así la represión de la semana de mayo: “20.000 hombres, mujeres, niños asesinados durante la batalla o después, en la resistencia en París y en la provincia; cuando menos 3.000 muertos en los depósitos, fortificaciones, prisiones, pontones, en Nueva Caledonia, en el exilio o por las enfermedades contraídas durante el cautiverio; 13.700 condenados a penas que muchas veces fueron de 9 años; 70.000 mujeres, niños y viejos privados de su sustento o expulsados de Francia; alrededor de 107.000 víctimas, es el balance de la venganza de la alta burguesía”. [4]

Louise Michel logró escapar, pero su madre fue detenida en su lugar, así que se entregó para salvarla. Junto a decenas de mujeres, fue enviada a prisión; por las ventanas escuchaban cada día los fusilamientos de otros detenidos. Su juicio, en diciembre de 1871, se transformó en una tribuna para reafirmar su compromiso con la Comuna. El Gobierno la calificó como un elemento “podrido” de la sociedad que aplaudía el asesinato y corrompía a la infancia, que incitaba a la rebelión y a cometer crímenes. La acusaron de intentar derrocar al Gobierno, promover la guerra civil y la rebelión del pueblo. Ella respondió: “No quiero defenderme, no quiero ser defendida (…). Pertenezco por entero a la revolución social y declaro aceptar la responsabilidad de todos mis actos; la acepto sin restricción. Puesto que al parecer todo corazón que late por la libertad solo tiene derecho a un poco de plomo, ¡Yo reclamo mi parte! Si me dejáis que viva, no cesaré de gritar venganza.”.

La heroína de Montmartre fue deportada a la isla de Nueva Caledonia, una colonia en el Pacífico a 17.000 kilómetros de Francia. Cuenta en sus memorias que, durante esa travesía, repasando la experiencia de la Comuna, se hizo anarquista. En la lejana isla del Pacífico, Louise Michel convive con los canacos, tribus originarias sometidas a la opresión francesa. Como maestra enseña a los niños y se convierte en defensora de su causa anticolonial.

“Una noche de tormenta durante la insurrección canaca, oí llamar a la puerta de mi compartimento en la choza. ¿Quién es? pregunté. Taïau, respondieron. Reconocí la voz de nuestros canacos, los que nos traían los víveres (taïau significa amigo). En efecto se trataba de ellos, venían a despedirse de mí antes de alejarse a nado bajo la tempestad para unirse a los suyos y combatir a ‘blancos malvados’, decían ellos. Entonces, dividí la banda roja de la Comuna, que había conservado a través de mil dificultades, y se la di como recuerdo”. [5]

Después de varios años en Caledonia, Louise Michel vuelve a Francia en 1880. Allí retomó la actividad política —por lo que pronto vuelve a ser encarcelada—: participó en movilizaciones contra el desempleo, en mítines y conferencias. Pasó un tiempo exiliada en Londres y realizó un viaje por Argelia. A lo largo de los años, continuó su actividad como escritora y poeta, publicando hasta veintidós libros en vida y cinco póstumos, entre memorias, relatos y poemas. Murió en enero de 1905, a los 74 años.

Con Victo Hugo había mantenido correspondencia durante muchos años. Cuando fue detenida, él escribió: “Los que saben de tus versos misteriosos y dulces, de tus días, de tus noches, de tu solicitud, de tus lágrimas derramadas por todos, de tu olvido de ti misma por socorrer a los demás, de tu palabra semejante a la llama de los apóstoles; los que saben del techo sin fuego, sin aire, sin pan, del catre y la mesa de pino, de tu bondad, tu dignidad altiva de mujer del pueblo, de tu ternura austera que duerme bajo tu cólera, de tu fija mirada de odio a todos los inhumanos, y de los pies de los niños calentados en tus manos; y ésos, mujer, ante tu majestad bravía, meditaban, y, a pesar del pliegue amargo de tu boca, a pesar del maldiciente que, encarnizándose contra ti, te lanzaban todos los dicterios indignados de la ley, a pesar de la voz fatal y alta que tu acusa, veían resplandecer el ángel a través de la Medusa” .

Su espíritu indomable sigue siendo la imagen viva de la Comuna.

*Compartimos el capítulo dedicado a Louise Michel del libro Revolucionarias de Josefina L. Martínez, publicado por la editorial Lengua de Trapo, en noviembre de 2018 en Madrid.

 
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